jueves, 19 de enero de 2012

Las cruzadas: más allá de la fe

A finales del siglo XI, concretamente en el 1095 d.C., comenzó una guerra de religiones, un choque entre Oriente y Occidente, entre la media luna y la cruz, que duró casi 200 años y que pasaría a los anales de la Historia con el nombre de las cruzadas, dejando un gran rastro de destrucción a sus espaldas. Decenas de miles de cristianos (conocidos como francos) abandonaron Europa en busca de la salvación en la Guerra Santa, en la que cada gota de sangre infiel derramada te acercaba un peldaño al Reino del Señor. Una gran recompensa, pero, ¿fue solamente la fe la que movió montañas? En el origen de las cruzadas podemos encontrar, obviamente, razones religiosas de peso, pero también otro tipo de factores que provocaron tal enfrentamiento.
Urbano II
El primero, como casi siempre, fue la política. En 1.088, un nuevo Papa, Urbano II, llegó al Vaticano. Desde el primer momento planteó la necesidad de erradicar el pecado de una sociedad, la medieval, totalmente corrompida, en la que los señores laicos no prestaban atención a las “recomendaciones” de Roma. Urbano II, con fama de astuto, atendió la llamada de Alejo I, jefe político de la Iglesia ortodoxa, que vio con gran preocupación como los turcos selyúcidas conquistaban gran parte del imperio bizantino, incluido Jerúsalen, lugar santo donde Jesús fue crucificado.
Esta llamada de socorro fue providencial para el Papa, pues supo aprovecharse de la desagracia de los bizantinos, y consiguió ampliar su poder político. Una cruzada contra el Islam fortalecería su autoridad, sometería a los príncipes y señores laicos y los enviaría lejos de Occidente, causando así menos problemas a la Iglesia. Como si de un mitin político se tratara, Urbano II convocó el concilio de la ciudad francesa de Clermont, en noviembre de 1095. Haciendo uso de carisma y persuasión, el Papa lanzó la llamada a la guerra bajo la bandera del cristianismo a caballeros, príncipes, clérigos y hombres del pueblo. La recompensa, el perdón de todos los pecados; algo tentador para una sociedad como aquella, con pánico al Infierno.
En el discurso, Urbano II no dudó en exagerar las tropelías de los sarracenos: violaciones, descuartizamientos, prácticas impuras, … dando lugar a otra de las causas, el odio al infiel, al diferente, lo que se tradujo en una violencia exagerada contra todo aquel de otra religión.
No queda ahí la cosa. El hambre y la devastación en que estaba sumida Europa empujó, sin duda, a aquellos que más la estaban sufriendo a recorrer más de 5.000 kilómetros en busca de riquezas. Occidente se encontraba en una tremenda crisis, agravada por las malas cosechas (más de 30 durante el siglo XI), y la hambruna de esos años agravó la situación. La promesa de una tierra que manaba “miel y leche” era demasiado suculenta.
Ante tales proposiciones, miles de personas, las más necesitadas, entre las que se encontraban ancianos, mujeres y niños, decidieron formar la llamada Cruzada de los Pobres, sin la ayuda de ningún ejército. Pusieron rumbo a Tierra Santa aniquilando a tantos judíos como se encontraban en el camino, hasta que, tras atravesar el estrecho del Bósforo, las hordas turcas los masacraron. Un año después, en el verano de 1096, una hueste de soldados cristianos se encaminó a Jerusalén, en la I Cruzada, en busca del perdón…. y algo más.

“He dado a Jerusalem toda mi vida, todo. Primero creí que nos batiamos por Dios, luego comprendí que nos batiamos por riquezas y por tierras y sentí verguenza (Tiberias)”
El Reino de los Cielos
Ridley Scott (2005)

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