domingo, 15 de enero de 2012

Manfred von Richthofen, el Barón de los cielos

Hubo un tiempo en que los héroes no habitaban en el Olimpo, ni portaban espada y escudo. Un tiempo en el que el hombre aprendió a volar, y, como casi siempre, lo aplicó a la guerra contra el diferente. Un tiempo en el que los más venerados pos el hombre de a pie eran aquellos que se jugaban el pellejo por su país, a los mandos de un Fokker, un Sopwith Camel o un Albatros. Un tiempo en el que Manfred von Richthofen se labró su fama y se ganó el respeto, tanto de amigos como de rivales, como el "Barón Rojo", volando en el bando alemán, y consiguiendo abatir 80 aeroplanos enemigos. 
Hablamos de la I Guerra Mundial, conflicto en el que se produjo toda una revolución en el ámbito de la aviación. Si en 1903 los hermanos Wrigth habían conseguido hacer volar su prototipo, para 1914, cuando comenzó esta confrontación, ya eran unos 300 los aviones participantes. Y al final del conflicto, cuatro años después, la cifra se multiplicó hasta las 150.000 unidades, lo que supuso un gran cambio en las tácticas y la estrategia bélicas. Los pilotos se convirtieron en los ases del cielo, y su fama trascendió hasta hacerlos míticos. Su vida sobre las aeronaves era efímera. Eran abatidos por las hordas enemigas, o sucumbían a causa del estrés o el cansancio de misiones de hasta siete horas. Esto provocó que uno de los lemas más repetidos entre los jóvenes pilotos rezaba "vuela rápido y muere deprisa". 
Manfred von Richthofen
En este contexto se forjó la leyenda del mejor de los pilotos, el Barón Rojo. Manfred von Richthofen llegó a este mundo el 2 de mayo de 1892 en Breslau, capital de Silesia, en la actual Polonia. Cuando tuvo la edad, se incorporó a la academia militar. La caballería prusiana quedó obsoleta ante las nuevas formas de guerra, basadas en las trincheras y ametralladores. Los aviones cogieron el testigo de los caballos, y muchos jinetes pasaron a estar al mando de un biplano.En los inicios, las aeronaves se dedicaban a la exploración y el espionaje, pero pronto adquirieron peso bélico, y protagonizaron las mayores batallas de la época. 
Manfred von Richthofen solicitó su ingreso en la Fuerza Aérea imperial. Cuando se dedicaba a labores de exploración, se encontró por casualidad con  Oswald Boelcke, que lo convenció para que se convirtiera en piloto de cazas. En 1916 llegó su primer derribo, y, poco a poco, se convirtió en el mejor piloto alemán, gracias a su pericia a los mandos de su Albatros. Agudeza visual y valor a la hora de afrontar el peligro es lo que hacían de Manfred un piloto único; el gesto le cambiaba cada vez que se ponía a los mandos y salía de caza. 
Cuando derribó a Lanoe Hawker, uno de los ases de la aviación británica, la fama comenzó a llegarle a nuestro protagonista. En enero de 1917 recibió la Cruz Pour le Merité, convirtiéndose en el mejor piloto de caza alemán. Le fue encomendado el control de la Jasta 11, un escuadrón de capa caída al que revolucionó en todos los aspectos. Mandó pintar su aeroplano de rojo, para que el rival supiese con quién se enfrentaba; y comenzaron a llegar las victorias para sus hombres. 
5.000 libras era el precio de la cabeza del Barón Rojo para los pilotos británicos, que quedaron totalmente desconcertados cuando el as alemán mandó pintar en diversos colores los aviones de su escuadrón, dando lugar al "circo volante" de Richthofen. Una auténtica pesadilla para sus enemigos. 
Restos del aeroplano del Barón Rojo el día de su muerte
La gran carrera del Barón Rojo estuvo en peligro cuando una bala perdida provocó una gran herida en su cabeza. Pero el héroe alemán, con 60 victorias en su haber, no se amedrentó, y volvió a volar con sus compañeros, aunque ya nunca sería como antes. Su herida nunca se cerró, y una venda envolvía su cabeza cada vez que despegaba.
En 1917 le fue entregado un Fokker DR.1, que sustituyó su Albatos, y que también fue coloreado de rojo. Con esta nave derribó, el 20 de abril de 1918, a su víctima número 80. Al día siguiente, su misión número 58, se convirtió en el último vuelo del Barón Rojo. A orillas del río Somme, en el norte de Francia, el escuadrón del Barón Rojo se vio sorprendido por la artillería antiaérea australiana y por unos Sopwith Camel canadienses, que pusieron punto y final a la vida del héroe alemán. 
Tremendamente respetado por sus rivales, Manfred von Richthofen fue enterrado por las potencias de la Triple Entente, con todos los honores, en el lugar donde cayó abatido. En su lápida quedaron grabadas las siguientes palabras:
"Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz"

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