miércoles, 8 de febrero de 2012

Alesia, el ingenio de Julio César

En el 59 a.C., Julio César llega como procónsul a la Galia Cisalpina, y poco tiempo después, se hace con el control de la Galia Transalpina, lo que hoy es territorio francés. Julio César se enfrenta a un cúmulo de diversas tribus celtas a las que tendrá que derrotar o convencer para poder someter bajo el poder de Roma el extenso territorio galo. Para ello, la táctica de Julio César es la de "divide y vencerás", y en apenas seis años consigue el control de la mayor parte del territorio. Pero esto no es suficiente; lo que el general romano desea es aplastar, en una gran batalla, a todos aquellos que no aceptan el poder del Imperio; una gran batalla que hundirá, para siempre, los anhelos de independencia de los pueblos galos. 
Por su parte, los diversos pueblos celtas se dan cuenta de que necesitaban unir todo su potencial bajo el mando de un caudillo a la altura del temido general romano, para poder hacer frente a la ordenada legión romana. Vercingétorix, jefe de los avernos, es el elegido para dirigir la campaña contra las tropas invasoras de Roma. Es un líder nato, un gran estratega, y el único capaz de hacerle frente a Julio César en el campo de batalla. Cuando en el 52 a.C explota la rebelión de los galos, ambos líderes ponen en marcha sus táctica militares. El romano, tratando de atacar las ciudades más ricas del enemigo, destruyendo sus puntos neurálgicos; el galo, anticipándose a su enemigo, desarrollando una política de "tierra quemada", arrasando las ciudades y campos hacia los que se dirigía el procónsul. 
Tras varios encontronazos, uno de los cuales, en Gergovia, supone la primera derrota militar de Julio César en varios años, la moral de los galos no decae, y Vercingétorix atrae cada vez a más tribus a su ejército, haciéndose más y más fuerte. En la batalla a campo abierto, los romanos son muy superiores a pesar de todo, y en el verano del 52 a.C., Vercingétorix decide replegarse, junto con ochenta mil hombres, en Alesia, la fortaleza de los mandubios, donde decide esperar la llegada de los refuerzos del resto de la Galia. La ciudad cuenta con fama de inexpugnable, y Vercingétorix se siente confiado dentro de las defensas naturales del enclave. No se espera lo que Julio César está a punto de hacer. 
Reproducción del sitio de Alesia
El procónsul ve ante sí la oportunidad de dar el golpe de gracia al ejército galo, y decide, lleno de paciencia, que sitiará la ciudad, ahogando dentro de los muros a las tropas enemigas. Sus 50.000 hombres se afanan en construir fuertes, zanjas, fosos, empalizadas, torres de defensa, .... hasta construir un anillo de 16 kilómetros que rodea la ciudad, y que cierra el paso a cualquier ayuda que puedan recibir los sitiados. Además, se diseñan e implantan una gran serie de trampas que tratan de evitar un ataque de los sitiados contra los sitiadores. Toda una obra de ingeniería, una proeza para la época, y una gran ayuda para aplastar a los galos, matándolos, literalmente, de hambre. 
Pasan las semanas, y Vercingétorix, ante la necesidad de mantener a su ejército, decide que mujeres, ancianos y niños salgan de la ciudad, para no tener que alimentarlos. Su esperanza es que los romanos los acojan. Sin embargo, el ejército de Julio César deja vagar entre sus defensas a todos los moribundos, unos 10.000, en uno de los capítulos más vergonzosos de esta guerra. 
Rendición de Vercingétorix ante Julio César
Los refuerzos galos, de 250.000 efectivos, se acercan a la ciudad, y Julio César decide construir una segunda línea de defensa, levantando unas 2.000 torres de 25 metros cada una, toda una obra de ingeniería militar. Además, Julio César manda esparcir por el terreno un arma desconocida en la época, los "tribulus" o "abrojos", arcaicas minas, artefactos con 4 pinchos que se clavaban en los pies y pezuñas enemigos dañando seriamente las tropas galas. Además, Julio César utiliza una nueva artillería de torsión, llamada escorpio, para detener el avance de la caballería gala. 
Ambos ejércitos galos atacan al mismo tiempo, a las tropas sitiadoras de Julio César, pero carecen de comunicación entre sí, por lo que la descoordinación es absoluta. Cuando las fuerzas están igualadas, y los romanos luchan en el fragor de la batalla contra los fieros galos, surge Julio César, imponente, al frente de la caballería germana. El pánico se implanta en las tropas galas, y la batalla se decanta, irremediablemente, del lado romano. El ejército galo, disperso, a la desbandada, es pasado a cuchillo por los romanos, que tras esta batalla se anexionan casi 650.000 kilómetros cuadrados, con una población de 15 millones de personas. Julio César había conquistado la Galia. 
"Habes, fortem virum, vir fortissime, vicisti" ("Heme aquí, a un hombre fuerte venciste, hombre fuertísimo")
Vercingétorix, al entregarse en la tienda de Julio César. 

lunes, 23 de enero de 2012

El hombre que no pisó la Luna


Si la gente escucha el nombre de Michael Collins, la gran mayoría no sabrá de quién vamos a
hablar aquí. Algunos pensarán que es un nombre demasiado común, a otros les sonará a cantante y el resto, simplemente, se encogerá de hombros.

En cambio, si se pronuncia el nombre de Neil Armstrong, quitando a los despistados que le vean subido a una bicicleta o tocando la trompeta, mucha de esa misma gente sabrá que fue el primer hombre en pisar la Luna (o no, teorías hay de todo tipo y para todos los gustos).

Incluso Buzz Aldrin, segundo de a bordo en el Apolo 11 sería recordado por una amplia mayoría de las personas encuestadas. "Un astronauta", dirán, "que estuvo en la Luna". Y no errarían. Aldrin fue el compañero de Armstrong en aquel módulo lunar que les hizo pasar a la Historia de la humanidad.

Pero había un tercer hombre en aquella misión. Michael Collins. Astronauta estadounidense que la suerte quiso que naciera en Roma y que quedará en los libros como "el hombre que no pisó la Luna". Cuando aquel 21 de julio de 1969 Neil Armstrong descendía los peldaños de la nave para pronunciar sus famosas palabras: "That's one small step for a man, one giant leap for mankind" o lo que es lo mismo "Este es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad", Collins dirigía el módulo 'Columbia'.

Años y años de guerra espacial habían llevado a EEUU y a la URSS a gastarse un dineral con un único objetivo, ser los primeros en conquistar la Luna, el satélite terrestre. Cuando Yuri Gagarin fue puesto en órbita, siendo el primer ser humano en lograrlo, fue una bofetada en la cara para América y para su orgullo.

Los Estados Unidos de América no podían permitirse estar por detrás de los soviéticos y debían ser los primeros en llegar a la Luna. Posar la bandera de las barras y estrellas antes que la hoz y el martillo lo lograsen.

Así, se puso en marcha el programa Apolo. Un programa puesto en marcha con el objetivo de llegar a la Luna. Y llegó. En varias ocasiones, no exentas de fracasos (como el Apolo 13). Pero si una misión será recordada para siempre será sin duda el Apolo 11. La primera vez que el hombre pisaba la Luna.

El 16 de julio se lanzaba la misión. El Columbia llevaría a los tres astronautas hasta la órbita lunar y una vez allí, Armstrong y Aldrin se subirían al Eagle, el módulo que les llevaría hasta la superficie lunar, en el Mar de la Tranquilidad.


Y mientras Armstrong pronunciaba su famoso discurso y se divertía con Aldrin dejando huellas en la superficie lunar y haciéndose fotos con la bandera norteamericana, un hombre seguía orbitando la Luna. Michael Collins no bajó a la superficie, se quedó en el Columbia, orbitando a la espera de sus dos compañeros de expedición, a los que no vería desde su posición mientras ellos daban saltitos por culpa de la baja gravedad lunar.

Después se volverían a ensamblar, todos se reunirían y afrontarían el viaje de vuelta a casa. Tras ser rescatados del Océano Pacífico, donde amerizaron, fueron recibidos como héroes por toda la nación, por todo el planeta. Y aunque la Historia sea cruel y margine a nuestro protagonista y sólo recuerde a Armstrong y a Aldrin, hay que recordar que hubo un tercer hombre, un tercer héroe. Michael Collins.

domingo, 22 de enero de 2012

El suspiro del moro

Boabdil el Chico
Desde lo alto del monte, Boabdil vuelve la mirada y contempla, por última vez, la bella ciudad de Granada. La ciudad en la que nació, de la que fue Rey. La ciudad que ahora perdía irremediablemente en lo que suponía el final de la Reconquista española y la derrota total de los árabes. Al-Andalus ya no existe.

El Chico, como le apodaban los castellanos para diferenciarle de su tío, Boabdil el Viejo, se encamina hacia su exilio en las Alpujarras, acompañado de su madre, la sultana Aixa, no puede evitar soltar unas lágrimas al observar una vez más su Granada. Un llanto que es rápidamente contestado por la antigua reina con una frase que pasará a la leyenda para siempre:

"No llores como mujer lo que no has sabido defender como hombre".

Abu Abd Allah, conocido como Boabdil, nació en La Alhambra, era hijo del rey nazarí de Granada Muley Hacén (quien da nombre al pico más alto de la Península ya que se dice que está enterrado allí) y fue el último mandatario árabe de la ciudad, antes de que cayera en manos de los Reyes Católicos.

Sublevado contra su padre, se alzó con el trono tras una revuelta provocada por una subida de impuestos, para lo que contó con el apoyo de los grupos contrarios a la gestión de su padre. Pero Boabdil caería preso de las tropas de la Reconquista al ser derrotado cerca de Lucena en 1483.
Los Reyes Católicos seguían una estrategia clara, el "divide y vencerás", provocando disputas entre los propios moros, y liberaron a Boabdil, conscientes de las pugnas que libraría entonces con su tío 'El Zagal' por el poder. Gracias a esas disputas, los castellanos lograron entrar en territorio nazarí y sitiar la ciudad de Granada en 1491.

El desenlace es conocido por todos. Isabel y Fernando avanzaban hacia la Reconquista total de la Península y se negociaba el futuro de la comunidad musulmana en el territorio español. El 2 de enero de 1492, Granada capitulaba, el último resquicio de Al-Andalus moría y el día 6 Boabdil entregaba a los Reyes Católicos las llaves de la ciudad.

El último rey nazarí de Granada había sido derrotado y empujado a las Alpujarras, al exilio. Él, nacido en La Alhambra, se veía obligado a irse de su ciudad, la que había gobernado, la que había amado. Finalmente puso rumbo a Fez, cruzando el estrecho, donde fallecería años después. Pero una parte de él ya había muerto, en aquella colina donde lloró por Granada, que pasó a la Historia como el Suspiro del moro.

El peor error de la Luftwaffe

En junio de 1946, los ejércitos de Hitler ya habían conquistado Polonia, Noruega, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Dinamarca y Francia. Toda Europa continental se encuentra a sus pies, pero una isla se le resiste. Gran Bretaña, tras el canal de la Mancha, no acepta las condiciones de paz de los alemanes, y la guerra continúa entre ambas potencias. Hitler ordena proyectar la invasión de Gran Bretaña, pero se comenten errores que serán decisivos para el devenir del ataque, y, por supuesto, de la guerra. 
La Luftwaffe, el ejército del aire nazi, es la fuerza aérea más poderosa del mundo, y controla todo el cielo europeo continental. Enfrente, la RAF (Rel Fuerza Aérea), el ejército del aire inglés, que ya se ha enfrentado a los alemanes en el avance sobre Francia. Gran Bretaña lleva varios años preparándose para la invasión, con la construcción de un sistema de radares en sur, y el establecimiento de mil puntos de avistamiento de aviones enemigos. 
Los altos mandos alemanes están completamente confiados y convencidos de la victoria. El jefe de la Luftwaffe, Hermann Goering asegura a Hitler que pueden destruir la RAF en tan sólo cuatro semanas, dando así a Alemania la supremacía en el aire. A principios de julio, casi 3.000 aeronaves alemanas están listas para la batalla, mientras que la RAF tan sólo dispone de 660 utilizables. Los aviones alemanes son superiores a los ingleses, y sus pilotos están mejor entrenados y tienen más experiencia. Todo apunta a una nueva victoria de la invencible Luftwaffe, que posibilitará una invasión por mar que hará caer a Gran Bretaña bajo dominio nazi. Pero los errores se pagan caros en la guerra. 
Radar de la RAF
El primero es subestimar las fuerzas del enemigo. Contabilizan muy por debajo el número de unidades de la RAF, así como el ritmo mensual de producción de aviones. Ostro, agente doble, engaña a los alemanes en la cifra. Otro error es no tener en cuenta las capacidades de los aviones ingleses: Hurricane y Spitfire, los más avanzados del mundo, con motor Rolls-Royce, y una gran estabilidad a la hora de disparar. Pero sin duda alguna, el error de mayor magnitud es el de no tener en cuenta el sistema de radares de la RAF. 
Los alemanes saben de la existencia de las torres de radar, pero no las interpretan como un blanco a destruir, pues desconocen la información que proporciona a las fuerzas inglesas en el aire. No les dan importancia, y las ignoran, lo que, a la postre, supondría la clave de la derrota alemana. 
El radar se desarrolla desde 1935, pero los nazis no lo utilizan. Piensan que sus ciudades están sobradamente protegidas, así que no lo desarrollan ni lo implantan. Con la ayuda del radar, los ingleses pueden detectar la salida de los aviones desde el otro lado del canal de la Mancha, lo que les proporciona tiempo para despegar y atacar sobre el mar, antes de que lleguen a tierra firme. En los meses posteriores, las fuerzas de la RAF rechazarían los ataque de la Luftwaffe, y lograrían derrotarla en la mayor batalla aérea vista hasta la fecha. 

sábado, 21 de enero de 2012

La defensa de Numancia

Prefirieron morir que entregarse. Prendieron fuego a su ciudad para que no cayera en manos enemigas. Resistieron a un asedio y aislamiento total que duró quince meses. Es la historia de un pueblo que pasó a la Historia por la defensa de su hogar, por plantar cara al Imperio dominador del mundo, por no rendirse jamás y seguir luchando por sus casas. Es la historia de Numancia.

Durante la conquista romana de Hispania, Numancia era uno de los pocos asentamientos que se le resistían al conquistador pueblo de Roma entre los pueblos celtíberos de la época. Entre los años 153 a.C y 133 a.C. se libraron diferentes batallas en la ciudad, 20 años en los que Numancia se convirtió en leyenda. Una leyenda que llegó hasta Roma, que se sintió herida en su orgullo y que acabaría admirando la resistencia y arrojo del pueblo hispano.
La primera batalla tuvo lugar en el 153 a.C. Una batalla en la que el cónsul Fulvio Nobilior (quien previamente había quedado en ridículo tras caer derrotado por Caro en Segeda) comenzó el asedio de la ciudad, incluyendo entre sus tropas 10 elefantes cedidos por el rey Masinisa, aliado de Roma, que despertaron el pavor entre los numantinos, que jamás habían visto semejantes bestias.
Los numantinos se encerraron tras los muros de la ciudad, la defendieron y comprobaron que los elefantes no eran inmunes a los ataques. Una pedrada en un paquidermo provocó que este se desbocara y que atacase a las legiones romanas. En ese momento de confusión, Numancia aprovechó para atacar y causar más de 4.000 bajas entre los invasores.
A esta victoria le siguió un período de normalidad, en el que los celtíberos acudieron a Roma con diferentes propuestas de paz, entre las que se encontraba el pago de un tributo al Imperio, pero todas las peticiones fueron rechazadas. Finalmente se acordó el pago de una fuerte cantidad de dinero que aseguraría la paz. Y con esto llegamos a 143 a.C.
La creciente tensión en la zona, con los triunfos de Viriato frente a las tropas romanas inician un proceso por el cual Numancia firma un tratado con Roma por el cual entregarían armas, rehens y tropas a cambio de una alianza y amistad con la capital del Imperio. Pero otra muestra de desobediencia del pequeño pueblo asentado a siete kilómetros de lo que hoy sería Soria, irritó al invasor, harto de la constante rebelión de una pequeña aldea en comparación con lo que ocupaba el territorio ocupado por Roma.
Se lanzó una ofensiva que pretendía ser definitiva y acabó siendo otro ridículo de las tropas romanas. Cayo Hostilio Mancino, en el 138 a.C. y con más de 20.000 hombres a sus órdenes, acabó rindiéndose ante las tropas numantinas. En una falta de tino militar asombrosa, pese a la gran superioridad numérica se vio obligado a retirarse, momento que aprovecharon los numantinos para contraatacar y obligar al ejército invasor a rendirse. Se desarmó al ejército romano a cambio de la paz y Roma castigó al cónsul a ser entregado a los numantinos, para que hicieran los que quisieran con él. Plutarco le describió como "varón no vituperable, pero el general más desgraciado de todos los romanos".
Pero Roma se hartó y envió al mejor de sus soldados: Publio Cornelio Escipión Emiliano. Este rehuyó el enfrentamiento directo. Su estrategia era diferente y venía de darle frutos en Cartago. Se limitó a cercar, aislar y asediar Numancia, con la intención de mermar las fuerzas del pueblo resistente y dejar que murieran de hambre. Para ello, arrasó a los pueblos cooperantes y destruyó sus cosechas. Levantó un cerco alrededor de Numancia y, al no poder cortar la comunicación a través del río Duero, levantó dos muros que impedían a nadie acercarse a la población mediante el río.
Desde octubre de 134 a.C. Numancia estuvo sitiada, cercada por un muro y con 60.000 hombres esperando tras los muros para masacrar a cualquier ejército que pudiera enfrentarse a ellos. La fuerza de los numantinos tardaría quince meses en doblegarse. Y aún así, su valentía y su leyenda aumentó con su última actuación antes de la derrota.
Para evitar verse vencidos, se suicidaron, prefirieron la muerte a la derrota. Incendiaron su ciudad para que no cayera en manos de Roma. Cuando Escipión entró en la ciudad, apenas pudo apresar a unos pocos numantinos que quedaban vivos. 50 de ellos fueron usados por el militar para su desfile de regreso a Roma, para celebrar la victoria sobre un pueblo que resistió a través de los años al ejército más poderoso del mundo conocido. Que dejó para la Historia la leyenda de la Defensa Numantina.

viernes, 20 de enero de 2012

Iván el Terrible, el zar más sanguinario

Retrato de Iván el Terrible
Noche del 25 de agosto de 1530. Elena Glnskaia, princesa de Lituania, sufre para dar a luz. A su lado, Basilio II, príncipe de Moscovia, se muestra emocionado ante la llegada de un primogénito fuerte y sano. La noticia del nacimiento pronto corre como la pólvora. A pesar de la buena noticia, comienzan los comentarios y los malos augurios. Este triste día llegó al mundo Iván Vasielevich, más conocido por la Historia como Iván el Terrible, el primer zar ruso.
Desde un principio fue colmado de atenciones y mimos, siendo el favorito de sus primogénitos por delante de Yuri, su hermano sordomudo. Iván perdió a su padre cuando contaba con tres años, y se refugió entre los brazos de su madre, que trató de darle la mejor educación y protegerlo dentro de palacio. Los nobles rusos merodeaban el trono de Moscú, tratando de conspirar para conseguir el mando de la nación. A la edad de siete años, el pequeño Iván vio cómo su madre también fallecía, supuestamente envenenada por algún noble. Huérfano, lánguido y reservado, Iván se encontró entonces en el camino al arzobispo primado de la Iglesia ortodoxa rusa, el metropolitano Macario, quien  desde entonces asumió su protección.
Recibió una fenomenal educación, pero también engendró un odio inmenso hacia aquellos nobles que rodeaban la corte, y no dudó a la hora de ejercer el poder recibido (fue forzadamente emparentado con la casa imperial romana). Con doce años se dedicaba a arrojar perros al vacío desde las torres del Kremlin; pero pronto se le quedó pequeña tal "distracción" y comenzó a exterminar personas, mandando a la horca a todo aquel que no era de su agrado. Con 15 años, mayor de edad, ya tenía bien ganado el sobrenombre de el Terrible.
El 12 de diciembre de 1546 se presentó ante la Duma (asamblea rusa), con un discurso en que dejó claro que se casaría con una rusa y que sería coronado zar del Imperio, como Iván IV, ante la sorpresa de todos los asistentes. Un mes después fue coronado en la catedral de la Asunción, y se casó con Anastasia Romanov, cumpliendo así todos sus deseos. Con esta boda, el gobernante que anteriormente había aterrorizado a todo su pueblo, trató de conseguir su cariño, recortando impuestos y favoreciendo la creación artística.
Pero pronto se le olvidó esta faceta, y se vio al zar más autoritario. Conquistó Kazán y Astracán, instauró una leva obligatoria, y comenzó la guerra con Livonia (actuales Estonia y Letonia), guerra que comenzó en 1558 y duraría 25 años. Fue en estas batallas donde más se agrandó su leyenda, de la que él disfrutaba. Degollaba, empalaba y torturaba a los prisioneros capturados por sus tropas, y se regocijaba con ello.
Pero lo peor estaba por llegar. En pocos años, Iván IV perdió a su hijo, a su mujer y a su mentor. Se quedó solo, perturbado, y comenzó una brutal represión de nobles y ciudadanos, derramando sangre por toda Rusia. Vicios tampoco le faltaban: torturas, orgías, ... Presumía de haber desflorado a más de mil jóvenes, y asesinar posteriormente a los niños fruto de ello.
Ante la presión para que abdicara, Iván el Terrible tramó un plan en el que, tras retirarse del gobierno dos semanas, informó mediante misivas a la población de los desmanes de sus adversarios, y el pueblo, a pesar de los horrores pasados, reclamaron el regreso de su zar. Reforzado de esta manera, su tiranía re reforzó, y re rodeó de una guardia personal muy temida, la oprichniki, precursores de las SS y que juraban lealtad hasta la muerte. Sembraron la muerte y la locura allá por donde pasaban. El líder, a su vez, continuaba con las sentencias de muerte y con el diseño de máquinas de tortura, su peculiar hobby. Incluso pasó a cuchillo a una ciudad de su reino, Novgorod, por las sospechas de levantamiento que albergaba. Se estima que pudieron fallecer decapitados, descuartizados o empalados hasta 60.000 habitantes, sin importar si eran hombres, mujeres o niños.
Iván IV, tras golpear a su hijo
El fin a tales atrocidades llegó con el caudillo tártaro Devlet Girai, que, desde Crimea, avanzó con sus tropas hasta Moscú, arrasando la ciudad. Iván entró en depresión y se arrepintió de todas sus horribles hazañas. Sin embargo, las tropas rusas se reorganizaron y expulsaron al invasor, y el zar recobró su puesto, aunque con limitaciones. Se perdió la guerra de Livonia, dejando así de controlar una zona tan próspera para el comercio. El zar se centró entonces en el oriente, y contactó con los cosacos para comenzar la conquista del vasto territorio de Siberia. Rusia se convirtió en el país más extenso del mundo, al mismo tiempo que el zar comenzaba su declive, pero no sin abandonar su horrenda fama. Mató a su hijo Iván Ivanovich, su heredero, de un golpe en la cabeza con un bastón. Delirio y depresión fueron sus compañeros de viaje. 
El 18 de marzo de 1584, durante una partida de ajedrez, el zar se convulsionó y falleció, a los 53 años de edad. 
Su maldad y locura, investigadas tiempo después, parecen haber sido provocadas por la ingesta de grandes dosis de mercurio, tratamiento habitual de la época para los casos de sífilis, enfermedad que el Terrible sufría por sus escarceos amorosos. El primer zar de Rusia resultó ser el más terrible de los tiranos. 


"Desde los tiempos de Adán hasta este día, he sobrepasado a todos los pecadores. Bestial y corrompido, he ensuciado mi alma"
Iván el Terrible

jueves, 19 de enero de 2012

Las cruzadas: más allá de la fe

A finales del siglo XI, concretamente en el 1095 d.C., comenzó una guerra de religiones, un choque entre Oriente y Occidente, entre la media luna y la cruz, que duró casi 200 años y que pasaría a los anales de la Historia con el nombre de las cruzadas, dejando un gran rastro de destrucción a sus espaldas. Decenas de miles de cristianos (conocidos como francos) abandonaron Europa en busca de la salvación en la Guerra Santa, en la que cada gota de sangre infiel derramada te acercaba un peldaño al Reino del Señor. Una gran recompensa, pero, ¿fue solamente la fe la que movió montañas? En el origen de las cruzadas podemos encontrar, obviamente, razones religiosas de peso, pero también otro tipo de factores que provocaron tal enfrentamiento.
Urbano II
El primero, como casi siempre, fue la política. En 1.088, un nuevo Papa, Urbano II, llegó al Vaticano. Desde el primer momento planteó la necesidad de erradicar el pecado de una sociedad, la medieval, totalmente corrompida, en la que los señores laicos no prestaban atención a las “recomendaciones” de Roma. Urbano II, con fama de astuto, atendió la llamada de Alejo I, jefe político de la Iglesia ortodoxa, que vio con gran preocupación como los turcos selyúcidas conquistaban gran parte del imperio bizantino, incluido Jerúsalen, lugar santo donde Jesús fue crucificado.
Esta llamada de socorro fue providencial para el Papa, pues supo aprovecharse de la desagracia de los bizantinos, y consiguió ampliar su poder político. Una cruzada contra el Islam fortalecería su autoridad, sometería a los príncipes y señores laicos y los enviaría lejos de Occidente, causando así menos problemas a la Iglesia. Como si de un mitin político se tratara, Urbano II convocó el concilio de la ciudad francesa de Clermont, en noviembre de 1095. Haciendo uso de carisma y persuasión, el Papa lanzó la llamada a la guerra bajo la bandera del cristianismo a caballeros, príncipes, clérigos y hombres del pueblo. La recompensa, el perdón de todos los pecados; algo tentador para una sociedad como aquella, con pánico al Infierno.
En el discurso, Urbano II no dudó en exagerar las tropelías de los sarracenos: violaciones, descuartizamientos, prácticas impuras, … dando lugar a otra de las causas, el odio al infiel, al diferente, lo que se tradujo en una violencia exagerada contra todo aquel de otra religión.
No queda ahí la cosa. El hambre y la devastación en que estaba sumida Europa empujó, sin duda, a aquellos que más la estaban sufriendo a recorrer más de 5.000 kilómetros en busca de riquezas. Occidente se encontraba en una tremenda crisis, agravada por las malas cosechas (más de 30 durante el siglo XI), y la hambruna de esos años agravó la situación. La promesa de una tierra que manaba “miel y leche” era demasiado suculenta.
Ante tales proposiciones, miles de personas, las más necesitadas, entre las que se encontraban ancianos, mujeres y niños, decidieron formar la llamada Cruzada de los Pobres, sin la ayuda de ningún ejército. Pusieron rumbo a Tierra Santa aniquilando a tantos judíos como se encontraban en el camino, hasta que, tras atravesar el estrecho del Bósforo, las hordas turcas los masacraron. Un año después, en el verano de 1096, una hueste de soldados cristianos se encaminó a Jerusalén, en la I Cruzada, en busca del perdón…. y algo más.

“He dado a Jerusalem toda mi vida, todo. Primero creí que nos batiamos por Dios, luego comprendí que nos batiamos por riquezas y por tierras y sentí verguenza (Tiberias)”
El Reino de los Cielos
Ridley Scott (2005)