sábado, 21 de enero de 2012

La defensa de Numancia

Prefirieron morir que entregarse. Prendieron fuego a su ciudad para que no cayera en manos enemigas. Resistieron a un asedio y aislamiento total que duró quince meses. Es la historia de un pueblo que pasó a la Historia por la defensa de su hogar, por plantar cara al Imperio dominador del mundo, por no rendirse jamás y seguir luchando por sus casas. Es la historia de Numancia.

Durante la conquista romana de Hispania, Numancia era uno de los pocos asentamientos que se le resistían al conquistador pueblo de Roma entre los pueblos celtíberos de la época. Entre los años 153 a.C y 133 a.C. se libraron diferentes batallas en la ciudad, 20 años en los que Numancia se convirtió en leyenda. Una leyenda que llegó hasta Roma, que se sintió herida en su orgullo y que acabaría admirando la resistencia y arrojo del pueblo hispano.
La primera batalla tuvo lugar en el 153 a.C. Una batalla en la que el cónsul Fulvio Nobilior (quien previamente había quedado en ridículo tras caer derrotado por Caro en Segeda) comenzó el asedio de la ciudad, incluyendo entre sus tropas 10 elefantes cedidos por el rey Masinisa, aliado de Roma, que despertaron el pavor entre los numantinos, que jamás habían visto semejantes bestias.
Los numantinos se encerraron tras los muros de la ciudad, la defendieron y comprobaron que los elefantes no eran inmunes a los ataques. Una pedrada en un paquidermo provocó que este se desbocara y que atacase a las legiones romanas. En ese momento de confusión, Numancia aprovechó para atacar y causar más de 4.000 bajas entre los invasores.
A esta victoria le siguió un período de normalidad, en el que los celtíberos acudieron a Roma con diferentes propuestas de paz, entre las que se encontraba el pago de un tributo al Imperio, pero todas las peticiones fueron rechazadas. Finalmente se acordó el pago de una fuerte cantidad de dinero que aseguraría la paz. Y con esto llegamos a 143 a.C.
La creciente tensión en la zona, con los triunfos de Viriato frente a las tropas romanas inician un proceso por el cual Numancia firma un tratado con Roma por el cual entregarían armas, rehens y tropas a cambio de una alianza y amistad con la capital del Imperio. Pero otra muestra de desobediencia del pequeño pueblo asentado a siete kilómetros de lo que hoy sería Soria, irritó al invasor, harto de la constante rebelión de una pequeña aldea en comparación con lo que ocupaba el territorio ocupado por Roma.
Se lanzó una ofensiva que pretendía ser definitiva y acabó siendo otro ridículo de las tropas romanas. Cayo Hostilio Mancino, en el 138 a.C. y con más de 20.000 hombres a sus órdenes, acabó rindiéndose ante las tropas numantinas. En una falta de tino militar asombrosa, pese a la gran superioridad numérica se vio obligado a retirarse, momento que aprovecharon los numantinos para contraatacar y obligar al ejército invasor a rendirse. Se desarmó al ejército romano a cambio de la paz y Roma castigó al cónsul a ser entregado a los numantinos, para que hicieran los que quisieran con él. Plutarco le describió como "varón no vituperable, pero el general más desgraciado de todos los romanos".
Pero Roma se hartó y envió al mejor de sus soldados: Publio Cornelio Escipión Emiliano. Este rehuyó el enfrentamiento directo. Su estrategia era diferente y venía de darle frutos en Cartago. Se limitó a cercar, aislar y asediar Numancia, con la intención de mermar las fuerzas del pueblo resistente y dejar que murieran de hambre. Para ello, arrasó a los pueblos cooperantes y destruyó sus cosechas. Levantó un cerco alrededor de Numancia y, al no poder cortar la comunicación a través del río Duero, levantó dos muros que impedían a nadie acercarse a la población mediante el río.
Desde octubre de 134 a.C. Numancia estuvo sitiada, cercada por un muro y con 60.000 hombres esperando tras los muros para masacrar a cualquier ejército que pudiera enfrentarse a ellos. La fuerza de los numantinos tardaría quince meses en doblegarse. Y aún así, su valentía y su leyenda aumentó con su última actuación antes de la derrota.
Para evitar verse vencidos, se suicidaron, prefirieron la muerte a la derrota. Incendiaron su ciudad para que no cayera en manos de Roma. Cuando Escipión entró en la ciudad, apenas pudo apresar a unos pocos numantinos que quedaban vivos. 50 de ellos fueron usados por el militar para su desfile de regreso a Roma, para celebrar la victoria sobre un pueblo que resistió a través de los años al ejército más poderoso del mundo conocido. Que dejó para la Historia la leyenda de la Defensa Numantina.

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