En el 59 a.C., Julio César llega como procónsul a la Galia Cisalpina, y poco tiempo después, se hace con el control de la Galia Transalpina, lo que hoy es territorio francés. Julio César se enfrenta a un cúmulo de diversas tribus celtas a las que tendrá que derrotar o convencer para poder someter bajo el poder de Roma el extenso territorio galo. Para ello, la táctica de Julio César es la de "divide y vencerás", y en apenas seis años consigue el control de la mayor parte del territorio. Pero esto no es suficiente; lo que el general romano desea es aplastar, en una gran batalla, a todos aquellos que no aceptan el poder del Imperio; una gran batalla que hundirá, para siempre, los anhelos de independencia de los pueblos galos.
Por su parte, los diversos pueblos celtas se dan cuenta de que necesitaban unir todo su potencial bajo el mando de un caudillo a la altura del temido general romano, para poder hacer frente a la ordenada legión romana. Vercingétorix, jefe de los avernos, es el elegido para dirigir la campaña contra las tropas invasoras de Roma. Es un líder nato, un gran estratega, y el único capaz de hacerle frente a Julio César en el campo de batalla. Cuando en el 52 a.C explota la rebelión de los galos, ambos líderes ponen en marcha sus táctica militares. El romano, tratando de atacar las ciudades más ricas del enemigo, destruyendo sus puntos neurálgicos; el galo, anticipándose a su enemigo, desarrollando una política de "tierra quemada", arrasando las ciudades y campos hacia los que se dirigía el procónsul.
Tras varios encontronazos, uno de los cuales, en Gergovia, supone la primera derrota militar de Julio César en varios años, la moral de los galos no decae, y Vercingétorix atrae cada vez a más tribus a su ejército, haciéndose más y más fuerte. En la batalla a campo abierto, los romanos son muy superiores a pesar de todo, y en el verano del 52 a.C., Vercingétorix decide replegarse, junto con ochenta mil hombres, en Alesia, la fortaleza de los mandubios, donde decide esperar la llegada de los refuerzos del resto de la Galia. La ciudad cuenta con fama de inexpugnable, y Vercingétorix se siente confiado dentro de las defensas naturales del enclave. No se espera lo que Julio César está a punto de hacer.
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| Reproducción del sitio de Alesia |
El procónsul ve ante sí la oportunidad de dar el golpe de gracia al ejército galo, y decide, lleno de paciencia, que sitiará la ciudad, ahogando dentro de los muros a las tropas enemigas. Sus 50.000 hombres se afanan en construir fuertes, zanjas, fosos, empalizadas, torres de defensa, .... hasta construir un anillo de 16 kilómetros que rodea la ciudad, y que cierra el paso a cualquier ayuda que puedan recibir los sitiados. Además, se diseñan e implantan una gran serie de trampas que tratan de evitar un ataque de los sitiados contra los sitiadores. Toda una obra de ingeniería, una proeza para la época, y una gran ayuda para aplastar a los galos, matándolos, literalmente, de hambre.
Pasan las semanas, y Vercingétorix, ante la necesidad de mantener a su ejército, decide que mujeres, ancianos y niños salgan de la ciudad, para no tener que alimentarlos. Su esperanza es que los romanos los acojan. Sin embargo, el ejército de Julio César deja vagar entre sus defensas a todos los moribundos, unos 10.000, en uno de los capítulos más vergonzosos de esta guerra.
| Rendición de Vercingétorix ante Julio César |
Los refuerzos galos, de 250.000 efectivos, se acercan a la ciudad, y Julio César decide construir una segunda línea de defensa, levantando unas 2.000 torres de 25 metros cada una, toda una obra de ingeniería militar. Además, Julio César manda esparcir por el terreno un arma desconocida en la época, los "tribulus" o "abrojos", arcaicas minas, artefactos con 4 pinchos que se clavaban en los pies y pezuñas enemigos dañando seriamente las tropas galas. Además, Julio César utiliza una nueva artillería de torsión, llamada escorpio, para detener el avance de la caballería gala.
Ambos ejércitos galos atacan al mismo tiempo, a las tropas sitiadoras de Julio César, pero carecen de comunicación entre sí, por lo que la descoordinación es absoluta. Cuando las fuerzas están igualadas, y los romanos luchan en el fragor de la batalla contra los fieros galos, surge Julio César, imponente, al frente de la caballería germana. El pánico se implanta en las tropas galas, y la batalla se decanta, irremediablemente, del lado romano. El ejército galo, disperso, a la desbandada, es pasado a cuchillo por los romanos, que tras esta batalla se anexionan casi 650.000 kilómetros cuadrados, con una población de 15 millones de personas. Julio César había conquistado la Galia.
"Habes, fortem virum, vir fortissime, vicisti" ("Heme aquí, a un hombre fuerte venciste, hombre fuertísimo")
Vercingétorix, al entregarse en la tienda de Julio César.

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